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lunes, marzo 2, 2026

Día mundial del bienestar mental para adolescentes: una deuda pendiente

¿Cuándo fue la última vez que usted se sentó con su hijo, no para preguntarle por la nota, sino para preguntarle cómo está el alma? Porque en esto de la salud mental, en Quisqueya solemos llegar tarde, cuando el bochinche ya está armado.

El 2 de marzo nos confronta con una realidad incómoda: la crisis silenciosa que afecta a uno de cada cinco jóvenes en el mundo

Imagínese la escena. Doña María, después de bregar todo el día, llega a la casa y ve a su hija de 15 años, la misma que no se despega del celular, más callada que una tumba vacía. «Muchacha, ¿tú ‘tás en qué?», le suelta desde la cocina. «Na, mami, cansada», responde la muchacha desde el cuarto, mientras el dedo sigue scrolleando en la oscuridad. Y ahí queda la cosa. Como si el cansancio en un adolescente fuera lo mismo que no haber dormido la siesta. Como si detrás de ese «na» no hubiera un mundo de presión en el colegio, la exigencia de ser «jevi» en las redes, el miedo al futuro o, peor aún, un bullying silencioso que carcome. Este 2 de marzo, en el Día Mundial del Bienestar Mental para Adolescentes, la conversación no puede quedarse en el «¿cómo te fue?» de compromiso. Hay que ponerle el pecho a las balas y hablar de lo que realmente duele.

Importancia de la fecha

Mire, esta fecha no es un invento de una marca de ropa para vender más sudaderas, aunque esté impulsada por The Hollister Confidence Project desde el 2020. Detrás de la etiqueta comercial hay una realidad que aterra: uno de cada cinco adolescentes en el mundo vive con una afección de salud mental diagnosticable. Pero ojo, que eso es la punta del iceberg. La Organización Mundial de la Salud (OMS) afina más el lápiz y dice que, a nivel global, el 14% de los muchachos de 10 a 19 años ya padece algún trastorno mental. Estamos hablando de depresión, ansiedad, trastornos de conducta. Y lo más grave, lo que nos debería poner los pelos de punta a los padres y educadores, es que la mitad de todas las condiciones de salud mental aparecen antes de los 18 años. La semilla del malestar se siembra en la adolescencia, pero la cosecha, amarga y dura, la recogemos en la adultez.

Una mochila muy pesada

Usted dirá, «pero si a los jóvenes de ahora no les falta na’». Y ese es precisamente el primer error. Pensar que, porque tienen un techo, un pollo frito y un iPhone, entonces no tienen derecho a sentirse mal. La depresión no discrimina por clase social ni por cuenta de banco. Lo que pasa es que, en la cultura dominicana, al que se pone triste le colgamos el sambenito de «vago» o «problemático». Llamar a las cosas por su nombre es lo correcto: cuando un adolescente está irritable, se aísla o explota por cualquier cosita, no es que sea «malcria’o», puede que esté cargando una mochila de angustia que le pesa más que un saco de cemento.

Las cifras de la OMS son frías y no perdonan. La ansiedad y la depresión son las principales causas de enfermedad y discapacidad entre los jóvenes. Y el desenlace fatal, el que nadie quiere mencionar en las conversaciones de tía, es que el suicidio se ha convertido en la tercera causa de muerte entre los muchachos de 15 a 29 años en el mundo. ¿Todavía cree que es una bobería?

Aquí en República Dominicana, el tema sigue siendo un tabú enorme, un cajón cerrado con llave. No tenemos una cultura de prevención, sino de lamentación. Desgraciadamente, esperamos que el muchacho o la muchacha se corte un brazo o deje de comer por completo para recién ahí llevarlo a un psicólogo. Y a veces, para ese entonces, el daño ya es más hondo.

El proyecto de confianza que nos falta

Hablar del origen de esta fecha es interesante porque nos da una pista de por dónde van los tiros. El Proyecto de Confianza de Hollister no solo puso la fecha en el calendario, sino que financia proyectos que abordan la equidad para jóvenes de color (BIPOC), la inclusión de jóvenes LGBTQ y la lucha contra el acoso escolar. ¿Y eso por qué? Porque los factores de riesgo están clarísimos. Un muchacho que es discriminado por su orientación sexual, una muchacha negra que sufre microagresiones en el aula, o un adolescente que vive en un entorno de violencia intrafamiliar, tienen muchas más posibilidades para desarrollar un trastorno mental.

La adolescencia es un poco complicada. Esa etapa donde uno deja de ser niño, pero no termina de ser adulto. El cerebro está en plena construcción, especialmente la parte que controla los impulsos y las decisiones. Por eso es tan fácil que caigan en conductas de riesgo: el alcohol, la marihuana, el sexo sin protección. No es que sean «malos», es que muchas veces están tapando un vacío existencial con lo primero que encuentren. Ignorar su bienestar mental en los adolescentes es como construir una casa sobre arena movediza; tarde o temprano, se viene abajo.

Salud mental: más allá del «todo bien»

Entonces, ¿qué hacemos, aparte de compartir una historia bonita en Instagram con velitas y corazones? Primero, aceptar que el problema existe y está en nuestras casas. El papá que cree que su hijo es «sano» porque no le ha visto un cigarro en la boca, pero no nota que pasa ocho horas encerrado en el cuarto, también está fallando. La comunicación no es preguntar «¿ya hiciste la tarea?». Es preguntar «¿cómo te sientes?» y esperar la respuesta, aunque duela.

Segundo, presionar para que haya recursos. En los centros educativos públicos y privados de este país, la figura del psicólogo escolar debería ser tan importante como la del director. Necesitamos espacios seguros donde los jóvenes puedan hablar de sus emociones sin miedo al qué dirán. Urgen campañas que desestigmaticen ir al psiquiatra. Nadie se avergüenza de ir al cardiólogo por un dolor en el pecho, pero si el dolor está en el alma, lo llevamos al «hospital de nadie» y lo dejamos ahí, bregando solo.

Salud mental y los organismos internacionales

La OMS y UNICEF ya tienen su programa «Ayudar a los Adolescentes a Prosperar» (Helping Adolescents Thrive). No estamos inventando el agua tibia. Sabemos que la prevención funciona. Sabemos que enseñarles a manejar sus emociones, a resolver problemas y a pedir ayuda a tiempo reduce drásticamente las tasas de suicidio y depresión en la edad adulta. Pero eso requiere voluntad. Requiere que como sociedad dejemos de hacernos los locos y empecemos a ver la salud mental con la seriedad que merece.

Así que, para cerrar, le dejo esto: la próxima vez que vea a un adolescente con la cabeza gacha, no le grite. No lo juzgue. Siéntese a su lado, aunque sea en silencio. Porque a veces, lo único que necesita un muchacho para no sentirse invisible es que alguien le demuestre que, en esta lucha, no está solo. Eso, más que cualquier política pública, puede ser el primer paso para sanar.

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José Manuel Taveras
José Manuel Taverashttps://www.alcarrizos.news/
Humanista y filósofo I Redactor y corrector de textos en español con amplia experiencia en comunicación escrita, edición de contenidos y producción editorial.

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