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miércoles, febrero 25, 2026

Fake news alimentarias: 30% del total y 7 veces más rápidas que las reale

La desinformación alimentaria se consolida como una amenaza real para la salud pública y la estabilidad de la industria

SANTO DOMINGO, República Dominicana – La próxima vez que comparta un artículo sobre los peligros del aceite de palma o los supuestos efectos milagrosos de una dieta détox, piénselo dos veces. Existe una alta probabilidad de que sea falso. Un informe de la agencia de comunicación LLYC, presentado en colaboración con Newtral, revela que el 30 % de las fake news que circulan en internet están relacionadas con la alimentación. Este tipo de desinformación alimentaria no solo es frecuente, sino que posee una capacidad de contagio viral muy superior a la de las noticias verificadas, alcanzando una velocidad de propagación hasta siete veces mayor.

Nos encontramos ante una paradoja nutricional. Nunca antes la humanidad había tenido tanto acceso a datos sobre lo que come, pero, a la misma vez, nunca había estado tan confundida. El estudio «Salud, alimentación y fake news», elaborado por la Oficina Alimentaria de LLYC, diagnostica un fenómeno preocupante: la conversación pública ha dejado de basarse en la ciencia para ser secuestrada por mensajes emocionales y dogmas sin fundamento. Este ruido informativo, o «infoxicación», está erosionando gravemente la confianza en toda la cadena alimentaria, desde el productor hasta el distribuidor.

La anatomía de los bulos

¿Por qué calan tan hondo estos mensajes? La respuesta está en su estructura simple y apocalíptica. El informe de LLYC, al que tuvo acceso Alcarrizos News, detalla que cerca del 80 % de los estudios biomédicos son observacionales, es decir, identifican relaciones pero no pueden confirmar una causalidad directa. Esta complejidad técnica, propia de la ciencia, es un obstáculo que los creadores de bulos sortean con etiquetas simplistas de «bueno» o «malo». La situación se agrava con el auge de los influencers, que han desplazado a los nutricionistas como principales prescriptores, sobre todo entre el público joven, y con la inteligencia artificial generativa, que produce desinformación con apariencia técnica y a una velocidad sin precedentes.

El documento analiza tres patrones claros de crisis desatadas por la desinformación alimentaria. El primer patrón es el «explosivo», ejemplificado con el caso de las fresas de Marruecos en 2024, donde una alerta sanitaria real se politizó, alcanzando más de 20,000 publicaciones en un solo día. El segundo es el de «goteo», como la crisis de la panga, cuya reputación se fue hundiendo lentamente durante años tras constantes reportajes negativos. El tercero es el «dual», visible en el aceite de palma, atacado simultáneamente por su perfil nutricional y su impacto medioambiental, lo que forzó a las empresas a reformular productos enteros.

Cinco mitos que dominan la conversación

Frente a este aluvión, la evidencia científica ofrece un dique de contención. El informe de LLYC desmonta algunas de las creencias más arraigadas en el imaginario colectivo. Por ejemplo, la idea de que la leche es perjudicial para la población general choca con la realidad: solo entre un 2% y un 3% de las personas son alérgicas a la proteína de la leche, mientras que múltiples estudios la vinculan con la prevención de la osteoporosis. Otro mito recurrente es la demonización de los procesados, obviando que procesos como la pasteurización o la fermentación han sido claves para la seguridad alimentaria y la salud pública durante décadas.

La lucha contra la desinformación alimentaria no es solo una cuestión de curiosidad intelectual, sino de salud pública y estabilidad económica. Las empresas del sector se enfrentan a caídas de ventas inmediatas y a crisis reputacionales difíciles de gestionar. Por ello, LLYC propone un cambio de paradigma: pasar de la reacción a la anticipación. Su metodología, estructurada en tres fases (anticipación, respuesta y recuperación), insta a las organizaciones a monitorizar la conversación digital con inteligencia artificial para detectar narrativas emergentes antes de que exploten y a activar mensajes basados en ciencia en el momento crítico.

El antídoto: transparencia y pensamiento crítico

La solución, sin embargo, no recae únicamente en la industria. El estudio enfatiza la necesidad de una «alfabetización mediática y nutricional» que capacite a la ciudadanía para distinguir entre una moda pasajera y un patrón alimentario sostenible. Se recuerda que la dieta mediterránea sigue siendo el modelo con mayor respaldo científico, no por ser una tendencia, sino por estar avalada por décadas de investigación. El verdadero problema, advierte el informe, no es el procesamiento de los alimentos, sino el abuso de los ultraprocesados en un patrón dietético desequilibrado.

En conclusión, mientras la tecnología avanza, el criterio humano parece estancarse. La desinformación alimentaria nos coloca frente a un espejo incómodo: hemos delegado nuestra capacidad de juicio en algoritmos y falsos gurús. Recuperar la confianza en lo que comemos exigirá, como señala el decálogo de LLYC, un esfuerzo coordinado entre reguladores, científicos, medios de comunicación y una ciudadanía que debe volver a preguntarse, antes de compartir, si lo que lee tiene un respaldo real o es solo un señuelo emocional diseñado para viralizarse. Alcarrizos News continuará atento a la evolución de este fenómeno que redefine nuestra relación con los alimentos.

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