Crímenes atroces, crisis social y autoridades ausentes
El silencio oficial frente al colapso social
En apenas dos semanas de agosto de 2025, cuatro crímenes horrendos sacudieron a la República Dominicana y encendieron una alarma que, sin embargo, no parece mover a nadie en posiciones de poder. Un padre que da 121 estocadas con un clavo a su hijo. Una pareja que cose la boca de su hija y la asesina. Una madre que decide autodestruirse junto a sus tres hijos. Y seis hombres que violan a una joven, graban el acto y lo difunden en redes sociales como si fuera trofeo de una cacería.
La pregunta es inevitable: ¿qué nos está pasando como nación? ¿Somos una sociedad enferma o simplemente una sociedad abandonada a su suerte?
Faride Raful, sola contra el ruido
En medio de este panorama, la ministra de Interior y Policía, Faride Raful, libra una batalla solitaria contra el ruido, el desorden y el control de los negocios de bebidas alcohólicas. Su campaña apunta a lo básico: garantizar convivencia ciudadana y respeto al espacio público. Sin embargo, la soledad política en la que ha quedado muestra el desinterés de un gobierno que prefiere dejar que la sociedad se acostumbre al caos antes que enfrentar los costos de disciplinarla.
Faride representa, en este escenario, un símbolo de resistencia institucional, pero también la evidencia de que el Estado no tiene voluntad de acompañar a quienes intentan poner límites al deterioro social.
Sociedad enferma y país insoportable
Más allá de los crímenes atroces, la vida cotidiana se ha vuelto insostenible. Los precios de los alimentos y medicamentos suben sin control. Los apagones de hasta 12 horas convierten los hogares en hornos insoportables, con un calor que no da tregua. La falta de empleos estables, la imposibilidad de planificar, la ausencia de políticas para la juventud y la falta de oportunidades crean un caldo de cultivo donde la desesperanza se instala como norma.
La violencia no surge de la nada. Se alimenta de la frustración colectiva, del hambre, del cansancio y de la sensación de que la vida digna es un privilegio al que pocos acceden.
Una sociedad atrapada en la anomia
La psicología social y la sociología nos ofrecen claves sobre este grave problema. Émile Durkheim hablaba de anomia para describir el vacío normativo que surge cuando la división del trabajo y las funciones sociales dejan de estar reguladas por normas efectivas. La República Dominicana atraviesa precisamente esa fractura: instituciones debilitadas, normas que no logran orientar la convivencia, autoridades que no acompañan y una ciudadanía que se refugia en la sobrevivencia individual.
La teoría de la frustración-agresión también ayuda a explicar por qué la violencia escala. Cuando las expectativas de bienestar se ven frustradas —trabajo, comida, seguridad, futuro—, la agresión encuentra salida en lo más cercano: la familia, la pareja, los hijos, los vecinos. Por ende, lo que postula esta teoría es que existe una conexión directa, por lo que la frustración puede terminar en egresión. Lo que debería ser espacio de protección se convierte en escenario de horror.
A esto se suma la deshumanización, un concepto de Bandura que explica cómo las personas pueden cometer atrocidades cuando dejan de percibir al otro como humano, reduciéndolo a un objeto o a una cosa que puede ser dañada sin remordimiento.
Una nación anestesiada
El problema no es solo que ocurran crímenes atroces. Lo más inquietante es la reacción de la sociedad: la indiferencia. Las noticias circulan unas horas en redes sociales, se discuten en tono de morbo y al día siguiente se olvidan. Hemos normalizado lo inaceptable. La sociedad dominicana parece anestesiada, acostumbrada a vivir en medio del dolor y la violencia como si fuera parte natural de la vida, concluyo que somos una sociedad dominicana enferma.
Los crímenes ya no generan debate nacional ni políticas de choque, solo titulares pasajeros. Esa anestesia social es, quizás, el síntoma más peligroso de todos.
Tocamos fondo hace tiempo
Decir que “tocamos fondo” es un cliché. La verdad es que lo hicimos hace años, pero seguimos excavando. El abandono de la juventud, la precariedad de la educación, la falta de acceso a salud mental, el machismo cultural y la impunidad judicial han tejido una red donde la violencia se reproduce sin freno.
No basta con indignarse. No basta con culpar a los “monstruos” que cometen estos actos. Debemos mirarnos como sociedad y asumir que estos crímenes son el reflejo más oscuro de la nación que hemos construido.
La pregunta de fondo
En un país de apenas ocho millones de adultos, la frecuencia y brutalidad de los casos recientes debería generar un plan de emergencia nacional. Pero la política se dedica al cálculo electoral, mientras la gente sobrevive como puede.
La pregunta ya no es qué nos está pasando, sino qué estamos dispuestos a hacer para detener la decadencia. Porque si seguimos en silencio, si seguimos anestesiados, lo que vendrá será mucho peor.
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