¿Cuándo fue la última vez que un maestro te cambió la vida… y cuándo fue la última vez que un maestro pudo darse ese lujo sin morirse de hambre?
Allá por 1973, en España, el cantautor llamado Patxi Andión le puso letra y guitarra a una historia que parecía inventada pero era pura carne y hueso: la de un maestro de pueblo, con el alma en una nube y el cuerpo cansado de tanto cargar la ignorancia ajena, que llegaba a un caserío a enseñar a leer y, sin proponérselo, terminaba convertido en sospechoso. Lo acusaban de pensar distinto, de leerles poesía a los niños en vez de adoctrinarlos, de no aplaudir en las fiestas del poder. Al final, «las buenas gentes» del pueblo -esas que nunca faltan- escribían cartas pidiendo su cabeza, y el maestro, sin escándalo, sin pancartas, se iba. Se marchaba el padre del pueblo. Se marchaba el maestro. Y el pueblo, sin saberlo, se quedaba más pobre.
Cincuenta y tres años después, aquí en Los Alcarrizos, en Santo Domingo, en cualquier aula de zinc caliente de este país, esa canción no es un recuerdo de la dictadura franquista. Es un espejo. Porque hoy, 30 de junio, mientras el calendario nos obliga a «celebrar» el Día del Maestro con actos protocolares y discursos de cartón, la verdad incómoda es que en República Dominicana estamos enterrando, poquito a poquito, la misma vocación que Patxi Andión cantaba con rabia y ternura.
El maestro que ya no llega
El maestro dominicano de hoy no llega con el alma en una nube, como recitaba Patxi. Llega exhausto, con dos o tres trabajos encima, porque un sueldo no le alcanza ni para el colmado de la esquina. Llega a aulas superpobladas, sin materiales, muchas veces sin agua ni baños dignos, a «tandas» que lo convierten en malabarista del tiempo más que en formador de conciencias. La vocación, esa palabra bonita que repetimos en los discursos, se ha ido apagando bajo el peso de la precariedad. No es que los maestros dejaron de querer enseñar. Es que el sistema les fue quitando, golpe a golpe, las razones para seguir soñando con eso.
Como decía el refrán de nuestros abuelos: «candela que no se atiende, se apaga sola.» Y eso le ha pasado a la vocación docente dominicana: nadie la atendió, nadie la cuidó, y se fue apagando entre la indiferencia institucional y la falta de respeto social hacia una profesión que debería ser sagrada.
El maestro incómodo
En la canción de Andión hay una frase que pesa como una losa: al maestro lo corren porque piensa distinto, porque les lee a los niños lo que escribió «un tal Machado» en vez de repetirles consignas. Ese maestro incómodo, el que enseña a cuestionar en lugar de obedecer, también escasea aquí. No por falta de talento dominicano -que sobra-, sino porque el propio sistema educativo dominicano, atrapado entre la burocracia del Ministerio de Educación y la politiquería, premia el silencio y castiga la crítica. ¿Cuántos directores de escuela han sido removidos no por incompetencia, sino por incomodar a un regidor, a un diputado, a un cacique de barrio? La historia de aquel maestro español de 1973, perseguido por «no ser portavoz del cuento» de los poderosos, tiene primos hermanos en cada provincia dominicana.
Y aquí cabe una frase lapidaria que debería colgarse en cada despacho del Ministerio de Educación: la que pronunció José Martí, cuando dijo que un pueblo de hombres educados será siempre el pueblo de los hombres libres. Si eso es verdad, entonces cada maestro abandonado a su suerte en República Dominicana es una grieta más en nuestra libertad colectiva.
Lo que el mundo nos enseña
No hace falta irse muy lejos para comprobarlo. Finlandia, que hoy es modelo educativo mundial, decidió hace décadas convertir la docencia en una de las profesiones más respetadas y mejor pagadas del país; exige maestría obligatoria y selecciona a sus maestros entre lo mejor de cada generación. Corea del Sur, Singapur, hasta Uruguay en nuestra región, han entendido que un país no se levanta con discursos del Día del Maestro, sino con presupuesto, dignidad salarial y respeto social hacia quien forma a sus ciudadanos. Mientras tanto, en República Dominicana seguimos destinando recursos a otras prioridades, y la educación pública sigue cargando el peso del abandono histórico.
El maestro que resiste
Pero no todo es lamento, porque en medio de esta crisis hay maestros dominicanos que, como aquel personaje de la canción, siguen llegando con el alma en una nube a dar lo poco que tienen. Maestros rurales que cruzan ríos para llegar a su escuela. Maestras que compran tizas y cuadernos con su propio bolsillo. Esos son los héroes silenciosos que sostienen, casi por terquedad y amor, lo que el Estado debería sostener con políticas serias.
A esos maestros, a los que todavía creen que enseñar es un acto de resistencia y no solo un trabajo, este 30 de junio les debemos algo más que un acto protocolar: les debemos respeto, salario justo y condiciones dignas. Porque como dice el refrán dominicano, «no hay mejor maestro que el que enseña con el ejemplo», y el ejemplo que le estamos dando a nuestros maestros es el del abandono.
El cierre que duele
Si no rescatamos la vocación docente, si seguimos tratando a nuestros maestros como números y no como pilares, terminaremos como el pueblo de la canción de Patxi Andión: aplaudiendo la salida del maestro incómodo, sin darnos cuenta de que con él se va también la última esperanza de un pueblo mejor. Y entonces, cuando ya no quede vocación que rescatar, nos preguntaremos, demasiado tarde, por qué «el que algo quiere, algo le cuesta» y nosotros nunca quisimos pagar el precio de educar de verdad.
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