El problema no es que al dominicano le falte inteligencia. Es algo más incómodo: demasiadas veces entregamos el juicio por una bandera, un favor o un líder
No es falta de inteligencia

Alemania fue la tierra de Kant, Goethe, Beethoven y algunas de las universidades más prestigiosas del mundo. Sin embargo, ese mismo país terminó sometido por una maquinaria política capaz de convertir la obediencia ciega en una virtud.
Dietrich Bonhoeffer, pastor, teólogo y opositor del nazismo, observó aquel fenómeno desde dentro. Su reflexión dejó una advertencia que todavía incomoda: el mayor peligro para una sociedad no siempre viene del mal evidente, sino de la renuncia de los ciudadanos a pensar por sí mismos. Bonhoeffer fue arrestado en 1943 y ejecutado dos años más tarde en Flossenbürg, el lunes 9 de abril de 1945.
Durante aquellos años escribió una reflexión incómoda sobre la conducta humana frente al poder. Conviene hacer una precisión. Bonhoeffer nunca presentó aquello como una teoría científica. En After Ten Years dejó claro que eran conclusiones nacidas de la experiencia, no un sistema teórico.
“La estupidez es un enemigo del bien más peligroso que la maldad”, escribió Bonhoeffer. La frase parece escrita para cualquier época donde la identidad política pesa más que la verdad. Y aquí precisamente comienza el problema dominicano.
Cuando la camiseta pesa más que la razón
República Dominicana no es un país de estúpidos. Decirlo sería una injusticia. Tenemos profesionales brillantes, ciudadanos trabajadores y una sociedad con enorme capacidad de adaptación. El problema es otro: muchas veces permitimos que la política nos quite la capacidad de juzgar.
Ahí aparece lo que podríamos llamar la estupidez política dominicana. No como una falta de inteligencia, sino como una renuncia voluntaria al pensamiento crítico. Sucede cuando una acción deja de evaluarse por sus consecuencias y empieza a medirse por quién la ejecuta. Si lo hace “mi partido”, buscamos explicaciones. Si lo hace el contrario, exigimos castigo inmediato.
Ese doble rasero ha convertido la política dominicana en una competencia de lealtades emocionales. La camiseta partidaria termina pesando más que los hechos. No importa si hablamos del PRM, Fuerza del Pueblo, PLD o cualquier otra organización. El problema no está en pertenecer a un partido. La democracia necesita partidos. El problema aparece cuando el militante deja de fiscalizar al líder porque siente que criticarlo es traicionar.
El poder y la cultura del favor
Bonhoeffer entendió que los regímenes autoritarios no necesitan que todos sean malvados. Basta con que suficientes personas renuncien a su responsabilidad individual. En República Dominicana existe un terreno fértil para esa dependencia: la cultura del favor.
Durante décadas, una parte de la relación entre ciudadanía y Estado ha estado marcada por el “resolver”. Un empleo, una ayuda, una recomendación, un contrato o una gestión administrativa pueden convertirse en mecanismos de fidelidad política. Así precisamente nace una ciudadanía vulnerable. El ciudadano deja de verse como titular de derechos y comienza a sentirse beneficiario de favores.
Y esto no ocurre solamente en los sectores populares. También sucede con profesionales, empresarios, comunicadores y dirigentes que reciben privilegios del poder. Cada grupo tiene su propia forma de dependencia. Algunos reciben una ayuda social a través de una tarjeta del bono gas, bono luz, etc. Otros reciben una posición, una influencia o una puerta abierta.
Democracia con tentaciones autoritarias
Una de las mayores señales de alerta está en la disposición de muchos ciudadanos latinoamericanos a aceptar gobiernos menos democráticos si prometen resolver problemas.
El Latinobarómetro 2024 mostró que en República Dominicana una mayoría importante mantiene apoyo a la democracia, pero también existe una alta tolerancia hacia soluciones autoritarias si producen resultados. Esa contradicción debería preocuparnos. Porque la historia demuestra que los pueblos no siempre pierden sus libertades mediante golpes violentos. A veces las entregan lentamente, cansados de los problemas y seducidos por la promesa de un salvador.
El argumento siempre parece razonable: “que haga lo que tenga que hacer, pero que resuelva”. El problema es que cuando las instituciones se convierten en obstáculos, cuando la crítica molesta y cuando el líder queda por encima de las reglas, la democracia empieza a vaciarse por dentro.
Pensar sigue siendo un acto político
La gran lección de Bonhoeffer no es que debemos despreciar al que piensa diferente. Todo lo contrario. Su advertencia exige algo más difícil: aprender a cuestionar incluso aquello que queremos defender.
Una democracia madura no se construye con ciudadanos que aplauden todo lo que hace su grupo como si fueran focas de algún circo. Se construye con personas capaces de decir: “esto está mal, aunque lo haga alguien que apoyo”. Ese principio parece sencillo, pero es una de las tareas más difíciles de cualquier sociedad.
La estupidez política dominicana no está en equivocarse durante un debate ni en tener una opinión distinta. Está en permitir que otro decida qué debemos pensar, qué debemos justificar y qué debemos ignorar. El ciudadano que abandona su juicio termina convertido en una herramienta del poder. Y el poder, cuando no encuentra límites, siempre intenta crecer.
Bonhoeffer murió por defender precisamente esa idea: que la conciencia humana no puede ser entregada completamente a ninguna autoridad. Hoy su advertencia sigue vigente. Porque una democracia no muere solamente cuando desaparecen las elecciones. También muere cuando los ciudadanos dejan de preguntar, de cuestionar y de exigir.
En buen dominicano: el que no abre los ojos a tiempo termina pagando la cuenta completa. Y en política, casi siempre la factura la paga el pueblo.
#AlcarrizosNews #DietrichBonhoeffer #Bonhoeffer #RepúblicaDominicana #Democracia #PensamientoCrítico #CulturaPolítica #Opinión #EstupidezPolítica #PRM #FuerzadelPueblo #PLD #PRCS #PRD #Politica #Politicos #PartidosPoliticos



