Cuando el petróleo subía, el gobierno acuñó la crisis. Cuando el petróleo bajó, ya la ley estaba firmada
El barril que dictó la agenda
El petróleo intermedio de Texas, el WTI, es la referencia que República Dominicana usa para fijar cada miércoles lo que paga cada dominicano en la bomba de gasolina. Ese barril, en pleno fragor de la guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos, llegó a tocar máximos de 117,63 dólares en abril. El cierre del estrecho de Ormuz y el miedo a un desabasto mundial empujaron esa cifra hacia arriba. Pero apenas se asomó la posibilidad de un acuerdo de paz entre Washington y Teherán, el mercado hizo lo que siempre hace ante el alivio: el WTI se desplomó hasta cotizar por debajo de los 76 dólares, una caída superior a los 33 dólares por barril en solo un mes.
Ese tijeretazo, esa caída en picada que parece más bien tobogán de feria de algún pueblo, fue -según el discurso oficial- la razón de fondo para que el Ejecutivo empujara con urgencia un «plan anticrisis» tributario. Y me hago la siguiente pregunta: ¿y si el argumento se desinfla más rápido de lo que tardaron en redactar la ley? Cuando el motivo invocado se cae solo, lo que sobrevive no es la urgencia internacional, sino la de otros intereses, mucho más domésticos y mucho menos confesables.
Seis días para cambiarlo todo
En la China antigua se decía que «gobernar un gran país es como cocinar un pescado pequeño». Hay que hacerlo con paciencia, sin moverlo de más, porque se desbarata. Aquí lo desbarataron a toda prisa. La reforma fiscal se convirtió en ley en apenas seis días, con el proyecto introducido en el Senado un viernes y aprobado en la Cámara de Diputados el jueves siguiente, en dos lecturas consecutivas. De ahí pasó de inmediato hacia el Palacio Nacional. El presidente Abinader la promulgó esa misma noche, justo después de inaugurar un parque en el Malecón: menos de doce horas entre el martillazo legislativo y la firma presidencial.
Eso no es celeridad, eso es un sprint olímpico. Y uno se pregunta, con esa suspicacia que ya forma parte del ADN del dominicano de a pie, quién corre así si no es porque el «time» se le acaba. Mientras tanto, este mismo Estado lleva veinte años sin poder sacarle una ley decente de Seguridad Social al país. Un trabajador dominicano tiene que cotizar treinta años para enterarse si acaso califica a una pensión digna; un congresista resuelve la suya en ocho. La velocidad legislativa no es un defecto técnico: es selectiva. Se activa cuando hay un interés concreto detrás, y se apaga cuando lo que está en juego es el bolsillo del que trabaja todos los días.
La canasta básica según ellos
Y aquí llega la parte que de verdad debería tumbarnos la careta. El Senado modificó el proyecto original para que los premios de lotería entre RD$200,000 y RD$600,000 paguen apenas un 15 por ciento de impuesto, y los superiores a RD$600,000 tributen al 25 por ciento, una rebaja frente a lo originalmente planteado. La indexación salarial, en cambio, quedó fijada para que solo los que ganan más de RD$39,900 mensuales paguen impuesto sobre la renta, lejos del techo de RD$52,000 que muchos sectores venían reclamando.
¿Usted conoce algún país que apruebe una reforma tributaria de esta envergadura y, en el mismo paquete, le baje los impuestos a la lotería mientras el salario de la gente sigue esperando turno? Si jugar a diario es prioridad protegida por ley, y trabajar honestamente no alcanza ese mismo nivel de urgencia, hay que decirlo claro: aquí las prioridades del poder no son las del pueblo, son las del que tiene banca y vota leyes que lo benefician a él mismo.
Cuando el árbitro juega el partido
Esto no es coincidencia ni accidente de redacción legislativa. Muchos de los legisladores que decidieron sobre el impuesto a las loterías son, ellos mismos, propietarios de bancas de apuestas. Eso no es un detalle de color, eso es un conflicto de interés con nombre y apellido, de manual, de los que cualquier curso de ética pública señalaría con marcador rojo. El que hace la ley no puede ser, al mismo tiempo, el que se beneficia directamente de ella. Eso lo sabe hasta la doña que vende habichuelas con dulce en la esquina.
Y aquí conviene recordar una frase que ya es lapidaria en la historia política: «el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente», advertía Lord Acton hace más de un siglo. No hace falta tanto poder para corromper el criterio. Basta con tener una banca de lotería y la posibilidad de votar tu propio beneficio fiscal en el mismo hemiciclo donde juraste representar al pueblo.
El parque de los mil millones
Mientras se discutía esta reforma, el gobierno también inauguraba el Paseo 30 de Mayo, una obra que le costó a los dominicanos RD$641,000,000, sin contar los RD$10,605,000 adicionales en obras complementarias. ¿Un país que acaba de aprobar una reforma tributaria de urgencia está en condiciones de gastar casi mil millones de pesos en un parque? El propio mandatario llegó a afirmar, en más de un escenario público, que a su gestión «el dinero le sobraba». Si sobraba para parques y paseos, la urgencia tributaria no era de necesidad, era de oportunidad.
No es casual que este gobierno, una y otra vez, termine favoreciendo al sector de las apuestas en sus decisiones tributarias. Cuando un Estado protege con celeridad legislativa a quienes lucran de la lotería, y posterga año tras año la indexación salarial de quien trabaja honestamente, envía un mensaje silencioso pero contundente. Y eso no es teoría de conspiración: es lectura directa del texto legal, artículo por artículo, voto por voto.
El refrán que no falla
Como decían los viejos en mi campo, «el que parte y reparte se queda con la mejor parte». Aquí el reparto quedó clarísimo: al ciudadano de a pie, la espera; al sector lotero con representación parlamentaria, el alivio fiscal exprés. La caída del WTI fue el pretexto perfecto, la sombrilla bajo la cual se coló de todo, hasta lo que nada tenía que ver con Ormuz ni con el precio del barril.
Cuando el polvo de la celeridad legislativa se asiente, y el conflicto en Medio Oriente sea apenas un titular viejo, lo que quedará es esta ley, con sus letras chiquitas y sus beneficiados de siempre. Que no nos vengan después con que «no había tiempo» para la gente, cuando sí lo hubo, y de sobra, para los riferos.
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