El fracaso educativo que Alofoke expone y el sistema prefiere ignorar

En un taller del barrio Capotillo en el Distrito Nacional, el martillo golpea el yunque sin descanso. Mientras tanto, un niño de doce años ignora ese ruido metálico. Su mirada está fija en el celular, donde la voz de Alofoke lo atrapa. De este modo, Santiago Matías se convierte en el profeta de una generación que prefiere escuchar antes que leer. Sin embargo, el problema no es Alofoke. La cuestión central es que él expone el fracaso educativo que duele en cada rincón de la República Dominicana.

Porque una sociedad que premia el entretenimiento vacío sobre el conocimiento profundo no es libre. Más bien, es una sociedad que ha tirado la toalla. En Estados Unidos, entre otras cosas, la posverdad electoral encontró su caldo de cultivo en la ignorancia funcional. Del mismo modo, en Brasil, el bolsonarismo creció principalmente, donde la educación brilló por su ausencia. Ahora bien, aquí en Quisqueya, el fenómeno Alofoke (como fenómeno de entretenimiento y medios digitales) no es más que la versión criolla de ese mismo fracaso. Él no inventó la vulgaridad, sino que la organizó, la rentabilizó y la masificó.

El espejo de una nación

El éxito de «La Casa de Alofoke» es el diagnóstico perfecto. Más de 500 millones de reproducciones. ¿Qué consume el dominicano? Lo que no exige esfuerzo mental. Estudios como el de WordVision revelan que solo el 28.57 % de los estudiantes dominicanos comprende un texto simple. Eso significa que siete de cada diez jóvenes no entienden lo que leen. Y en ese vacío, Alofoke llena el espacio.

El ministro de Educación, Luis Miguel De Camps, fue señalado por el propio comunicador tras la polémica de un video musical grabado dentro de una escuela. Pero la crítica no puede venir solo de quien se beneficia del desorden. El sistema educativo dominicano no educa a las personas para cuestionar, profundizar y valorar el conocimiento. Forma consumidores pasivos. Y Alofoke es el mejor proveedor de contenido para ese consumidor.

La cultura de la mediocridad

George Orwell escribió en su novela «1984» que «la libertad es la libertad de decir que dos y dos son cuatro». Pero en República Dominicana, esa libertad se ha transformado en el derecho a afirmar que dos y dos son lo que Alofoke diga. Desde luego, no es culpa suya, sino nuestra. La responsabilidad recae sobre un Estado que abandona las aulas y una sociedad que aplaude el vacío.

Santiago Matías es un empresario brillante. Sin embargo, su éxito no debería ser un modelo educativo. Antes bien, debería ser una advertencia. Cuando un país premia más al que entretiene que al que educa, está condenado a repetir sus errores.

La trampa del entretenimiento

El reality show atrapa porque no exige nada. El conocimiento exige todo. Y el dominicano promedio, formado en un sistema que privilegia la repetición sobre la reflexión y el análisis, elige el camino fácil. No es pereza. Es la consecuencia lógica de un fracaso educativo que Alofoke no creó, pero que explota con maestría.

En Puerto Rico, el debate educativo es serio. En México, la reforma educativa ocupa titulares. Aquí discutimos si Alofoke tiene razón o no. Mientras tanto, los niños dominicanos siguen sin comprender lo que leen. La tasa de deserción escolar, aunque reducida, aún expulsa a decenas de miles de las aulas (sin mencionar del tema haitiano). Y esos niños no van a la escuela. Van a ver a Alofoke.

Deberes del Estado

Este fenómeno no es un problema de moralidad individual. En esencia, es un problema estructural. Hannah Arendt advertía que los mayores daños a la vida pública no provienen siempre de la maldad, sino de la indiferencia. Es decir, la normalización de lo mediocre y la aceptación de que el conocimiento es un lujo. El fracaso educativo que Alofoke expone es el fracaso de un sistema que ha abandonado su misión. Por eso, el Estado dominicano ha construido una sociedad con falta de estímulo educativo. Y en ese terreno baldío, crecen los Alofokes. No son la causa, sino el síntoma.

Ausencia de los intelectuales y de respuestas estructurales

¿Dónde están los académicos? ¿Dónde están los filósofos? Esa es la pregunta incómoda. Mientras Alofoke habla para millones, la intelligentsia dominicana se refugia en el silencio. A menudo, se esconden en sus torres de marfil, escribiendo para nadie. El fracaso educativo que Alofoke expone no es solo culpa del Ministerio de Educación y de la Asociación Dominicana de Profesores. En realidad, es culpa de todos los que callan. También de los padres que prefieren el celular antes que el libro. Asimismo, de los maestros que repiten lecciones sin pasión ni profundización y de los políticos que usan la educación como eslogan de campaña.

No se trata de censurar a Alofoke. Por el contrario, se trata de ofrecer algo mejor. Mientras el sistema educativo no sea capaz de competir con el entretenimiento, el fracaso educativo que Alofoke expone seguirá creciendo. No se puede combatir un fenómeno cultural con decretos. En efecto, se combate con educación de calidad y maestros bien pagados. José Ortega y Gasset dijo: «La barbarie es la falta de ideales». Y el ideal de una nación no puede ser el rating. Debe ser el conocimiento, la verdad y la belleza.

El precio de la indiferencia

El verdadero problema no reside en Alofoke, sino en nosotros. Un país que no lee, que no cuestiona y que no exige, termina gobernado por la mediocridad. De hecho, no es casualidad que el fenómeno Alofoke crezca en la misma tierra donde la educación es un mal necesario. El fracaso educativo que Alofoke expone no es un asunto menor. Es la raíz de la corrupción, la desigualdad y la violencia. Un pueblo ignorante es un pueblo manipulable; un pueblo manipulable es un pueblo esclavo. Alofoke no es el amo, sino el reflejo de esa esclavitud consentida.

No podemos seguir culpando a Alofoke de lo que hemos permitido. Porque el fracaso educativo es responsabilidad de todos. Del Estado que no invierte, de los padres que no exigen, de los maestros que se resignan. El fenómeno Alofoke es un espejo. En ese espejo, debemos vernos y reconocer nuestra complicidad. El éxito de Alofoke no es su triunfo, sino nuestra derrota. Representa la derrota de una nación que prefiere el ruido antes que el silencio. Además, significa la derrota de un pueblo que celebra la ignorancia como un logro.

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José Manuel Taveras
José Manuel Taverashttps://www.alcarrizos.news/
Escritor y articulista dominicano, humanista y filósofo. En cada entrega analiza con mirada crítica temas políticos, económicos y ciudadanos que impactan a la naturaleza humana.

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