SANTO DOMINGO. “Muerte por mil cortes” es un largo metraje dirigido y producido por Juan Mejía Botero, un reconocido cineasta colombiano y Jake Kheel, director ambiental del Grupo Punta Cana, y muy preocupado por la conservación de nuestros grandes escenarios naturales. Los protagonistas del filme son la producción de carbón vegetal y su exportación, principalmente a Haití, y el complicado calvario de iniquidades que generan. Muchos hornos de carbón usan árboles de bosques primarios de República Dominicana, como el Parque Nacional Sierra de Bahoruco.

Aunque este trabajo es el resultado de más de siete años de investigación, es mucho más que un simple documental. Es una obra de arte. Comenzando por el título (Muerte por mil cortes) que alude a un suplicio chino mediante el cual los culpables de delitos graves eran descuartizados poco a poco mientras los obligaban a contemplar los pedazos de su propio cuerpo. Escalofriante analogía que describe el viacrucis por el que atraviesan nuestros singulares ecosistemas fronterizos, horror que nos obligan a contemplar mientras permanecemos mudos e impotentes:

La historia comienza con el asesinato de Eligio Vargas Medrano (Meláneo), un guardaparque ejemplar brutalmente asesinado por un carbonero haitiano a quien había sorprendido en flagrante delito. La muerte de Meláneo y el dolor que desgarra a su familia son el hilo conductor del relato y recorren la película de principio a fin como un escalofrío. Un logro importante de este testimonio es la objetividad con que se describen y analizan los hechos, sin maniqueísmos simplificadores ni soluciones milagrosas. En la película se enumeran los factores sociales y económicos que originan el problema y se señala con valentía a todos los grupos sociales involucrados en la trama. Desde los eslabones más débiles de la cadena (campesinos muy pobres) hasta empresarios y funcionarios sin escrúpulos, pasando por intermediarios y buscones.

Se trata de un negocio vil en el que participa, en monstruoso maridaje, gente de todos los niveles en ambos países. Yolanda León, reconocida ecologista dominicana y una de las cronistas del relato, lo califica como un cartel de drogas, una verdadera mafia que cuenta con la complicidad de altas instancias del poder a ambos lados de la frontera. Una parte del negocio, la más productiva, es manejada mayormente por dominicanos. Aunque usted no lo crea, también en Haití se fabrica carbón, en la isla Gonâve y en los pocos manglares que les quedan.

Junto al drama ecológico, el drama humano. Los hijos y la viuda haitiana de Meláneo, Calina (¡Douce comme un oiseau!) atraviesan por una crisis existencial cuando muere el marido. Ella no tiene papeles y vive en zozobra ante el temor de que la deporten y la separen de sus hijos.

El hecho de que Haití dependa del carbón para cocinar plantea un conflicto en apariencia insoluble: No se resolverá el problema hasta que los haitianos encuentren otro tipo de combustible. Pero para cuando esto suceda, tal vez nuestros bosques hayan desaparecido.

Ojalá que quienes vean este documental sean capaces de entender la gravedad de lo que en él se denuncia. Esta película debe ser vista y analizada por todos. Debería incluirse como material de apoyo en las escuelas de ambos países. Un estudiante que la vio en Unibe, me comentaba que sintió vergüenza de que hechos tan bochornosos estuvieran pasando y de que fuera un extranjero quien nos enfrentara con tan dolorosa realidad. Creo, por el contrario, que es un buen augurio, ya que demuestra que a los seres humanos ya nos preocupa lo que ocurre en cualquier parte, porque nos sentimos habitantes de un mismo planeta. Un verso memorable de Nicolás Guillén nos transmite esta aspiración de universalidad: “La tierra tuya es mía. Todos los pies la pisan”.

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