Queridas parejas:

“Nunca hemos tenido ni un sí, ni un no”, proclaman algunas parejas que aseguran que nunca han tenido conflictos en sus vidas. ¿Crees que sea cierto?

Yo no lo creo. Más aún, soy de los que piensa que el conflicto en las relaciones humanas constituye una oportunidad para crecer, fortalecer dicha relación o redefinirla (un conflicto es muy diferente a una crisis).

Veo las relaciones de pareja como un puente (en realidad, toda relación es un puente) en que cada uno de los cónyuges es un pilar, una columna colocada al otro lado, sostenida sobre distintas tradiciones, costumbres, familias e incluso marco social y cultural. En otras ocasiones prefiero describirlo como el conjunto intercesión que nos enseñaron en matemáticas básicas y que, por lo tanto, tienen un espacio común (mayor o menor, pero común) y tienen diferencias (también mayores o menores).

Asumimos que todo matrimonio se sostiene sobre el amor y el respeto. Sin embargo, son muchas las historias que escuchamos de mujeres y hombres que sienten que su pareja falla en uno de esos dos elementos (y, en también muchas ocasiones, no se trata de un sentir subjetivo, sino de una realidad). A veces incluso no comprendo bien cómo se sostiene una unión conyugal, una relación de pareja, en donde por lo menos el respeto esté presente. “Y sin embargo, se mueve…”, parodiando: “Y, sin embargo, existen…”.

Hoy no quiero escribirles sobre esas parejas que terminaron en la desgracia, en la muerte. Tampoco las que, menos dramáticamente, concluyeron en la ruptura de la relación con todas sus consecuencias. Quiero escribirles sobre las parejas que nos sostenemos y que buscamos mejorar para establecer una relación satisfactoria para ambos, que nos sabemos carentes y que no renunciamos a la posibilidad que una vez soñamos, que no tiramos la toalla, que sabemos que todo matrimonio es imperfecto, pero no por eso dejamos de buscar crecer (como personas y como pareja).

No persigamos lo imposible

¿Cuántos hombres y mujeres persiguen un ideal al pensar en un matrimonio? Una carrera absurda y una aspiración que hace más mal que bien. La perfección no existe. Seguir creciendo con los años, valorar lo logrado, acumular experiencias, aprender, eso sí. La aceptación de que la perfección no existe es el primer paso para que tu matrimonio continúe siendo la experiencia linda, extraordinaria, que puede ser.

Amigos y amigas: démonos cuenta de lo maravilloso que es pensar distinto, saber que no estamos solos en los momentos de dificultad, gozar de la soledad y gozar de la compañía, de vida y vida en abundancia.

En ese sentido, te ofrezco estos seis tips nacidos de mi experiencia y de conocer la experiencia de tantas parejas con las que he tenido el privilegio de trabajar ayudándoles a encontrar su propio camino:

Comprende que, como seres humanos, nuestro amor puede secarse. No se mantiene inalterable. Es como una plantita que requiere esfuerzo para mantenerlo vivo, necesita ser regada, atendida e incluso en ocasiones mudada de lugar para que florezca, se mantenga verde y viva.

Si sabes que el matrimonio no es perfecto, tampoco lo somos las personas que lo componemos. Una vez que acepte esto estarás en condiciones de entender que tu pareja es un ser humano imperfecto, que se equivoca, que tiene miedos, que fracasa en ocasiones y que no siempre te brindará lo que necesitas.

Entiende bien que no somos “almas gemelas”, que ese es un mito, que por muchas coincidencias que tenemos también tenemos un montón de diferencias. Quienes conocen a Ana Ysabel, mi esposa, y me conocen a mí entenderán la comparación en la que afirmo que “Ella es como el arroyo glamoroso y yo soy como el Mar Muerto”. Y qué bueno que es así: diversos, distintos. Esto cuesta aceptarlo. Tenemos que desactivar el mito de la “media naranja”. No existe. Vamos a la par, imperfectamente a la par. Cuando hagamos esto en nuestras vidas evitaremos muchas decepciones y frustraciones.

En la boda, expresamos a los novios que sean felices (y, probablemente, ya lo son). El periodista Daniel Arasa nos dice que más bien debiéramos decirles: “Que se hagan felices”, porque la felicidad no viene sola, sino que es el resultado de actitudes, decisiones, conductas, acciones en las que se incluyen entregar, ceder, perdonar, poner ilusión en el terreno común (ese que he llamado conjunto intercesión) a lo largo de toda nuestras vidas. “Pretender la felicidad sin poner entusiasmo es como esperar un orgasmo sin haber hecho el amor», expresa un psicólogo, Miguel Espeche. Es decir, en mis palabras: a la vida de pareja hay que ponerle ganas.

La Dra. Margarita Mendoza Burgos hace una distinción muy oportuna entre conflicto y crisis, pero sobre todo explica las consecuencias de la no resolución de conflictos en una relación de pareja.“Los conflictos, en diferente forma y medida se dan de una forma más o menos frecuente. Son algo normal en cualquier tipo de relación humana, y con mucha mayor razón lo son en una relación tan estrecha como la conyugal”, expresa. Y nos dice que el mayor error es pensar que el matrimonio sin conflicto (el matrimonio perfecto) existe.

Los conflictos son inevitables, por lo tanto es más útil formarnos y aprender sobre la resolución y prevención de conflictos que aferrarnos a un modelo idealizado de matrimonio.

Cuando los conflictos se reprimen –lo que sucede con bastante frecuencia- estos tienden a perpetuarse, a obstaculizar su resolución y a conducir al matrimonio a crisis si no se resuelven adecuadamente.

Ciertamente, hay conflictos más graves, pero también pueden prevenirse o resolverse (entre ellos, cita Mendoza Burgos: “la intromisión de los familiares en la vida conyugal, la disparidad de intereses o de valores, la discrepancia de criterios respecto a los hijos, y, por supuesto, las infidelidades, y el maltrato físico o verbal”.

En un matrimonio imperfecto –como el tuyo y el mío- resolver los conflictos puede llevarnos a una separación o al fortalecimiento de la relación. Depende del cómo lo resolvamos o manejemos (https://dramendozaburgos.com/blog/).

#alcarrizosnews #matrimonio #parejas #felicidad