Como en cada Navidad, el pesebre recupera su lugar en muchos hogares, para perpetuar una tradición más que milenaria, asociada a la celebración del nacimiento de Jesús, a Navidad.

“Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo.  Este primer censo tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento”. (Lc. 2, 1-7)

El pesebre nació con el cristianismo dado que es evocado en los primeros relatos de los evangelistas. Es Lucas el que hace alusión directamente a ello, explicando que María y José, venido a Belén para ser censados, no habían podido encontrar lugar en el alojamiento. A falta de algo mejor, los dueños del lugar los habían instalado en una pieza inferior, destinada a los animales. Una versión tardía del siglo II convirtió este establo en una gruta.

El acontecimiento del Nacimiento de Jesús ocurre en el silencio y oscuridad de la noche. Pronto la tensa expectación fue interrumpida, tal vez, por las contracciones de María y, a seguidas, el primer lloro del Niño. Luego se agregan el regocijo angelical, los pastores y, en una segunda ocasión, los magos.

En efecto, una cualidad singular que distingue al cristianismo de todas las otras grandes religiones está representada esclarecidamente en el pesebre de Belén. Ahí se conjuga admirablemente lo trascendente de Dios con lo más familiar de la persona, lo sobrehumano de las potencias espirituales con lo familiar de la procreación.

Al lado de la visión de un resplandor circundante y huestes celestiales, se encuentra la escena, conmovedoramente sencilla y humana, del nacimiento de un niño. Toda la teogonía y la teología queda impresionantemente reducida al alumbramiento de un infante, hijo de pobres peregrinos, entre la paja de un establo.

En el origen, el pesebre no es más que una herramienta, un decorado que vuelve más realistas e impactantes las representaciones “teatrales” organizadas en el interior y luego en el exterior de las iglesias. Se trata de representar bajo forma de cuadros vivientes los diferentes episodios de la vida de Cristo a fin de enseñárselos al pueblo.

San Francisco de Asís, fundador de la orden franciscana, representó el primer belén en la iglesia italiana de Greccio. Durante la Nochebuena de 1223 los vecinos de Greccio, un pueblecito de Italia, se reunieron para representar el nacimiento de Jesucristo.

En España será el rey Carlos III quién introduzca la moda de los belenes que más tarde se extenderá por toda Europa durante los siglos XVII y XVIII. En Francia, durante el reinado de Luis XIV son abundantes los nacimientos que fabricaban los Carmelitas de Arlés y los Cartujos de Avignon.

La ola de los pesebres vivientes, hacia el final de la Edad Media, no hizo sin embargo desaparecer los pesebres decorativos. Estos se vuelven incluso más manejables bajo forma de figurillas de las que la primera mención data del silgo XIII en un monasterio bávaro.

Pese a la hostilidad de los discípulos de Calvino a toda la imaginería religiosa, los pesebres se multiplican en Europa en los siglos siguientes bajo la influencia de la Contrarreforma, que ve en ellos una herramienta didáctica.

La época barroca es para ellos el tiempo de la multiplicación de los personajes y de la exuberancia sin límite: en la región de Nápoles, ¡las grandes familias se disputan el honor de poseer el más grande y bello ejemplar de “preseppe” (la palabra italiana).

Los jesuitas instalan uno en Praga en 1562 mientras que, en París, es Ana de Austria quien da un grandioso santuario para la representación de la Natividad: se trata de la iglesia de Val-de-Grâce, erigida en “acción de gracias por el nacimiento de Luis XIV, tras 22 años de espera”.

La Revolución Francesa, al prohibir las manifestaciones públicas de fe, hace entrar a los pesebres en las casas (especialmente en el sur, en la Provenza). Suscita por reacción una nueva forma de arte popular: los santones, o pequeños santos, figurillas de miga de pan que permiten a cada fiel crear su propio pesebre en la intimidad. Su éxito es tal que, desde 1803, un gran mercado les es consagrado en Marsella, feria que existe todavía hoy.

Hoy en día, en Francia, el pesebre, llamado “crèche” sigue siendo una tradición. Se coloca desde principios de diciembre y la familia y los amigos se reúnen alrededor del nacimiento para orar y cantar. En el Norte de Francia cada miembro de la familia se representa en una figura que se pone en el pesebre. Cada noche se hace una ronda de consultas para elegir a quien enviar a la gruta en la que nació el niño Jesús. Y en el Sur, en la Provenza son muy comunes las figuritas de arcilla para adornar el pesebre  que se conocen por el nombre de «santons», que en provenzal quiere decir santos.